Asesoramiento y acompañamiento en la crianza y educación de los hijos.

Se brinda asesoramiento a los padres basadas en la crianza con apego y en la disciplina positiva.

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Abordaje psicopedagógico integral del niño y su familia.

Se acompaña al niño desde el sufrimiento por sus dificultades de aprendizaje y se aborda la situación desde un enfoque holístico que tiene en cuenta su ser, su sentir y su hacer. Se trabaja desde el afecto y el vínculo con la familia y su vivencia en su trayectoria escolar.

La metodología de trabajo consiste en entrevistas con el niño, la familia y el niño junto a su familia.

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Asesoramiento,formación e información sobre pedagogías alternativas.

Se brinda asesoramiento, información y formación  acerca de las pedagogías alternativas.

Se brinda orientación y acompañamiento respecto a actividades que respeten el interés y el propio ritmo de aprendizaje de los niños basadas en las distintas propuestas que ofrecen las pedagogías alternativas.

El asesoramiento se brinda a familias y/o a grupos o instituciones...

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Tenemos la gran oportunidad de cambiar la educación criando niños felices aprendiendo con alegría, entusiasmo y amor.

NUEVA YORK (The New York Times).– Durante décadas asumí que necesitaba dormir sólo de cinco a seis horas por noche. Casi siempre me despertaba por las mañanas antes de que el despertador sonara. Pero también casi siempre me quedaba dormido en conciertos y en el teatro, en el subte o mientras leía o iba en auto.

El verano pasado, cuando pude controlar mi propio reloj biológico descubrí que prefería de siete a siete horas y media de sueño. También descubrí que cuando dormía a la noche todo lo que mi cuerpo deseaba, mis siestas diurnas casi desaparecían.

Los estudios han demostrado que pocos de nosotros recibimos durante la infancia la necesaria cantidad de sueño que nuestros cerebros y cuerpos necesitan para restaurarse en sus funciones plenas para enfrentar el día. Y muchos de nosotros –niños, adolescentes y adultos de todas las edades– podemos pagar un alto precio por ello.

Como se ha destacado en otros sitios sobre este tema, las funciones cruciales del cerebro que ocurren durante el sueño no pueden ser reproducidas cuando estamos despiertos. Pero no sólo la destreza intelectual puede sufrir, a pesar de que faltan datos definitivos, la falta de sueño crónica ha sido relacionada con serias enfermedades físicas, incluyendo enfermedades del corazón, diabetes y obesidad.

Distintas necesidades

Desde la infancia a la adultez hay cambios marcados en la necesidad de cuánto se debe dormir cada día, en la cantidad de tiempo que se debe emplear en cada etapa y en la facilidad con que uno se queda y permanece dormido, un factor que los científicos llaman eficiencia para dormir.

Los recién nacidos duermen de 16 a 18 horas por día, sin embargo raramente lo hacen en períodos mayores de cuatro horas. Se despiertan para ser alimentados y cambiados, luego vuelven pronto al sueño.

Alrededor de los 3 meses, momento en que el doctor Richard Ferber sugiere que los padres deberían alentar un horario para dormir más razonable, los patrones de sueño de los bebés comienzan a responder a un ritmo cotidiano de día y noche. Los niños de un año de edad habitualmente duermen de 10 a 12 horas por noche y una siesta de 3 a 5 horas por día.

La cantidad de horas de sueño que necesitan los niños disminuye gradualmente con la edad, los pre escolares necesitan de 10 a 12 horas. Pero a los 6 años surge la tendencia a ser madrugador o noctámbulo. Esta última a menudo lleva a problemas durante los días escolares, cuando los niños tienen que despertarse más temprano de lo que su reloj biológico indica.

La falta de sueño parece empezar temprano. Un estudio de 2004 realizado por la National Sleep Foundation, de los Estados Unidos, encontró que, en promedio, los niños de todos los grupos etarios desde la primera infancia hasta el quinto grado no llegaban a tener ni siquiera el mínimo de las horas recomendadas de sueño.

El problema real comienza en la adolescencia. Cuando los niños entran en la pubertad, suceden dos cosas que hacen problemático lograr el sueño suficiente: se necesita dormir más horas que en la pre pubertad, no menos de 9 a 10 horas por noche, y a la vez el reloj biológico marca una hora más tarde para ir a dormir, consecuentemente, un despertar más tardío.

Amy R.Wofson, psicóloga del College of the Holy Cross de Worcester, y Mary A.Carskadon, investigadora del sueño en la Brown School of Medicine de Province, encontraron que pocos adolescentes dormían la cantidad de horas que necesitaban. En promedio, los alumnos del octavo grado duermen menos de ocho horas y más de un cuarto de los alumnos secundarios y universitarios sufren de falta de horas de sueño, según el informe.

En otro estudio del mes de febrero pasado aparecido en la publicación Pediatrics, los investigadores de la Universidad de Columbia estimaron que "15 millones de niños norteamericanos están afectados por un sueño inadecuado". Se basaron en los hallazgos de un estudio nacional de salud de 2003 realizado con 68.418 niños de entre 6 y 17 años.

En el mismo, realizado por Arlene Smaldone y colegas, el porcentaje de niños que no llegaban a tener suficiente sueño aumentaba con la edad y crecía marcadamente entre los niños de 12 años y más.

Depresión y trastornos del humor

La falta de sueño ha sido relacionada con las bajas calificaciones, el humor cambiante y la depresión. A pesar de que uno se puede preguntar qué viene antes, Avi Sadeh, de la Universidad de Tel Aviv, estudió los efectos de agregar o sacar una hora de sueño en 77 niños de cuarto y sexto grado. Los que durmieron una hora menos rindieron menos en los tests de tiempo de reacción, de memoria y de interés, que los que durmieron una hora extra.

Dormir en forma insuficiente durante la adolescencia ha sido asociado con el aumento de riesgo de problemas disciplinarios, adormecimiento en clase y concentración pobre, ni que hablar con accidentes de tránsito.

Al tener televisores y computadoras en sus cuartos, muchos adolescentes no pueden resistir la tentación de permanecer despiertos hasta tarde, especialmente porque sus cuerpos no producen la hormona del sueño hasta la 1 a.m., contrariamente a la mayoría de los adultos, en los cuales actúa a las 10 p.m.

También se da el problema del horario de comienzo de las clases. Muchos adolescentes tienen que salir para la escuela antes de las 7 a.m. para estar en la clase a las 7.30. Un estudio de más de 7000 estudiantes secundarios en Minnesota mostró que cuando algunas escuelas cambiaron su horario de apertura a las 8.40 a.m. cuando antes era de 7.15, los estudiantes dormían más durante la noche en los días de clase, tenían menos sueño durante el día, sacaban clasificaciones algo mejores y experimentaban menos sentimientos de depresión que los estudiantes en escuelas que mantuvieron los horarios más tempraneros.

En cambio, escribió la doctora Carskadon, en una escuela que adelantó el horario a las 7.20, cuando con anterioridad era de 8.25, casi la mitad de los estudiantes estaban "patológicamente adormecidos" a las 8.30.

"Estos horarios tan temprano son abusivos" escribió. El doctor Ronald E. Dahl, experto en sueño de la Universidad de Pittsburgh, afirma que la falta de sueño entre los adolescentes crea una "espiral negativa" de fatiga, de inestabilidad emocional, de pobre toma de decisiones y conducta peligrosa. Dahl y otros están de acuerdo en que se necesitan desesperadamente estudios a largo plazo de los efectos de la falta de sueño en la adolescencia.

Los efectos dañinos sobre la salud adulta han sido asociados con dormir demasiado poco y con dormir por demás, pero qué constituye demasiado poco o por demás, varía de un estudio a otro. Los estudios sugieren que los adultos que duermen de siete a ocho horas por noche son los más sanos.

Alrededor del un tercio se encuentra en ese rango. Más de un tercio duerme menos de siete horas y casi un tercio duerme más de ocho horas. Un estudio de seis años de más de un millón de adultos de entre 30 y 102 años realizado por los investigadores de la Universidad de California, San Diego, y de la American Cancer Society encontraron la tasa más alta de mortalidad entre aquellos que dormían menos de cuatro horas o más de ocho por noche.

Las tasas de muerte más bajas se dieron entre los que dormían un promedio de seis a siete horas. A pesar de que el investigador líder, el doctor Daniel F. Kripke, no pudo explicar los datos, los estudios encontraron que la gente que duerme menos y la que duerme más, es la que tiene más probabilidades de tener presión alta, síntomas de depresión o enfermedad cardíaca.

La falta de sueño también puede inhibir la habilidad del cuerpo para producir insulina y aumenta el riesgo de diabetes. En el Estudio de Salud de Enfermeras, el doctor Najib T. Ayas encontró que entre 71.617 mujeres seguidas durante 10 años, tanto las que dormían mucho, como las que dormían poco, enfrentaban un aumento en el riesgo de enfermedad cardíaca. El doctor Ayas, hoy en el Vancouver General Hospital, informó que las mujeres que dormían ocho horas por noche tenían un riesgo menor.

En otro estudio entre enfermeras, las que dormían nueve horas o más por noche, tenían el doble de posibilidades de desarrollar la enfermedad de Parkinson que las que promediaban seis horas o menos. Este estudio, realizado por los científicos de los Institutos Nacionales de Salud, rastreó a 80.000 enfermeras, todas inicialmente libres de la enfermedad, durante 24 años.

Camino al sobrepeso

A pesar de que parece contradictorio (más tiempo fuera de la cama debería quemar más calorías), la gente que duerme menos tiende a pesar más. Los investigadores, que estudiaron a 990 empleados adultos en la zona rural de Iowa, encontraron que cuanto menos dormían durante la semana hábil, mayor índice de masa corporal tenían.

El estudio coincide con la relación sueño y peso encontrado en otro estudio realizado tanto en niños como en adultos.

El doctor Sharad Taheri, de la Universidad de Bristol, en Inglaterra, destacó que en un estudio británico a largo plazo "el sueño de corta duración a la temprana edad de 30 meses, predice obesidad a la edad de 7". Taheri, sugirió el año pasado en los Archivos de Enfermedad en la Infancia que la pérdida de sueño en los infantes podía cambiar el mecanismo que regula el apetito y el gasto de energía.

En el estudio Wisconsin Sleep Cohort, la duración de sueño breve fue asociada con bajos niveles de leptina, una hormona que señala la necesidad de más calorías. Además, quienes duermen poco tienen altos niveles de la hormona grelina, que es liberada principalmente por el estómago en altos niveles antes de las comidas y que se ha demostrado aumenta la ingestión de alimentos.

www.lanacion.com.ar 27/10/07

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