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Tenemos la gran oportunidad de cambiar la educación criando niños felices aprendiendo con alegría, entusiasmo y amor.

Es por una nueva norma bonaerense. El 10% de los chicos sufren este trastorno, que consiste en una dificultad para leer de manera fluida, y genera fracaso escolar.

Leer en voz alta era la peor pesadilla para Santiago. Las letras le bailaban sobre el renglón; recordar qué sonido tenían le llevaba tres veces más tiempo que a sus compañeros; el esfuerzo por no equivocarse era tal que no lograba comprender ni una palabra. Santiago no es tonto ni tenía un bloqueo psicológico: padece dislexia, el más frecuente de los trastornos de aprendizaje.

 

La dislexia es una dificultad para leer de manera fluida. Según varias investigaciones, la sufre entre el 5 y el 10% de la población. Esto significa que en la gran mayoría de las aulas argentinas hay al menos uno o dos estudiantes que sufren este trastorno. Frente a este panorama, el gobierno de la provincia de Buenos Aires emitió una resolución pionera para fomentar la detección temprana de la dislexia y para que las escuelas se adapten a las necesidades de estos chicos. Si bien aún no entró en vigencia, las familias apuestan a que la nueva normativa contribuya a visibilizar el problema y a mejorar el desempeño escolar de estos alumnos. Es que, en un modelo escolar en el que la lectura y la escritura ocupan un lugar central, la dislexia se vuelve una de las principales causas de fracaso escolar. 

“Esta medida es un gran avance para la inclusión justa de niños que día a día realizan un esfuerzo enorme por llegar al nivel de la clase. Son tratados como poco inteligentes y denigrados en su autoestima, cuando en realidad son brillantes o ‘normales’ en otras áreas no valoradas a la hora de evaluar los procesos de aprendizaje, como la oralidad, la creatividad y la expresión artística”, explica la psicopedagoga Rufina Pearson, creadora del método JEL (Jugando Enseñamos a Leer), que brinda herramientas para que docentes y psicopedagogos puedan estimular a los chicos, ayudarlos a desarrollar estrategias ortográficas y fonológicas, y detectar de manera temprana las dificultades en la lectoescritura.

“Nuestra preocupación es la cantidad alumnos que no están diagnosticados y que no tienen acceso a psicopedagogas o especialistas ”, señala Mónica Cardozo, mamá de Catalina (13) y miembro de Disfam (Dislexia y Familia), la organización impulsora de la nueva normativa. “Es fundamental que los docentes sepan de qué se trata la dislexia para que puedan ayudar a resolver los obstáculos de muchos niños”, dice Mónica.

“Es un trastorno con raíces genéticas y neurobiológicas”, aclara el doctor Gustavo Abichacra, pediatra y presidente del comité científico de Disfam. Y grafica: “Un padre disléxico tiene 8 veces más probabilidades de tener un hijo disléxico”. La causa de la dislexia tiene que ver con un trastorno de la conciencia fonológica: la capacidad de comprender las relaciones entre los sonidos –fonemas– y las letras –grafemas– que forman las palabras.

“Como estos procesos cognitivos corresponden al hemisferio izquierdo del cerebro, los chicos disléxicos suelen tener más desarrollado el hemisferio derecho, que es el de la creatividad, las emociones y la intuición”, sostiene Abichacra. No es casualidad que en la lista de los disléxicos más famosos aparezcan nombres como Walt Disney, Albert Einstein y Bill Gates.

Algunos síntomas son, por ejemplo, las omisiones, inversiones, sustituciones o adiciones de letras en la lectura o escritura. También las faltas de ortografía en palabras muy frecuentes, las dificultades para llegar a copiar del pizarrón, la desprolijidad.

“Catalina leía de manera muy pausada. No hilaba bien las palabras, o inventaba los finales de las oraciones. En 3° grado el diagnóstico arrojó que era disléxica. No nos habíamos dado cuenta porque en 1° y 2° grado, Cata había memorizado todos los textos que le habían dado para leer. Es decir que durante esos dos años hizo un esfuerzo terrible”, cuenta Mónica.

Los testimonios coinciden en que tener un diagnóstico les cambia a la vida a los chicos. Para Manuel (9), hijo de Virginia Rodríguez, fue un antes y un después. Manuel está en 4° grado; el año pasado le confirmaron que era disléxico. Hasta ese momento lo habían echado de tres colegios por mala conducta: una escuela distinta cada año. “Llegaron a decirme cualquier cosa: que la causa era que somos padres separados, que Manuel ‘no tenía moral’. En un colegio le restringieron el horario: sólo lo dejaban ir de 8 a 10. En vez de ayudarlo, eso lo complicó aún más”, repasa Virginia. Y lamenta:. “Ninguna maestra se dio cuenta de que escribía mal. Fue el pediatra el que me dijo que Manuel era disléxico; yo nunca había escuchado esa palabra. Si lo hubieran detectado antes, nos habríamos ahorrado estos años de martirio”.

A un año de haber empezado su tratamiento, en 2013 Manuel fue abanderado y tiene varios 8 y 9 en el boletín. Si bien la dislexia no se cura, sí se compensa: el tratamiento lo transformó. En la escuela dejó de ser “Manuel el Terrible” y recuperó la confianza en sí mismo. Pero arrastra las consecuencias de haber estado tanto tiempo sin saber lo que le pasaba: los especialistas señalan que uno de los efectos más frecuentes de la dislexia es el daño a la autoestima de los chicos, que se sienten menos inteligentes o “vagos” –y que así son etiquetados, muchas veces, por sus docentes y aun por sus propios padres, que desconocen la verdadera causa del problema–. “Manuel te decía que era tonto o que era malo. Para él pasó a ser algo normal que lo echaran de los colegios. Lloraba y me decía: ‘Yo no sé lo que me pasa, ¿por qué no tengo amigos?’”.

Verónica Podestá es tucumana; sus dos hijas, Lourdes y Martina, son disléxicas. Ella también lo es: lo descubrió hace muy poco, cuando diagnosticaron a sus hijas. Ahora recuerda: “Yo siempre necesitaba que alguien me leyera. Cuando estudiaba, mi papá me leía en voz alta, me hacía cuadros sinópticos y me ayudaba a resumir”. Como Virginia, Verónica perdió con sus hijas varios años en tratamientos psicológicos que no daban en la tecla. A Lourdes (10) le diagnosticaron dislexia recién en 4° grado. “Fue muy fuerte el impacto en su autoestima. En 4° grado todo le iba mal, se olvidaba las cosas, no quería ir a la escuela, no quería invitar a sus amigas a jugar. Llegaba a casa y se encerraba en la computadora”, describe Verónica. El panorama se transformó cuando Lourdes entendió lo que tenía: “Cuando les explicás lo que les pasa y cómo lo vas a trabajar, les cambia la vida”. Para los padres, enterarse del problema muchas veces desata un sentimiento de culpa por haber retado tantas veces a sus hijos, creyendo que no estudiaban por “falta de voluntad”, cuando en realidad estaban haciendo un esfuerzo mucho mayor que sus compañeros.

Más allá del tratamiento psicopedagógico –que reeduca al chico en la lectura y la escritura–, los docentes pueden hacer mucho para que sus alumnos disléxicos no vivan la escuela como una tortura. La nueva resolución que presentó el gobierno bonaerense apunta a que estas adaptaciones se hagan efectivas en todas las escuelas de la provincia. ¿En qué consisten? La premisa es entender que la lectura y la escritura son medios y no fines en sí mismos. Rufina Pearson enumera algunas estrategias: “Reforzar las pruebas escritas con una evaluación oral, para darles a los chicos la oportunidad de rendir según su capacidad y no según su habilidad lectoescritora. También darles más tiempo en las evaluaciones o menor cantidad de ejercicios; otra opción es dividir las pruebas en partes”. Y añade: “Evitar penalizar los errores de ortografía. Brindar material escrito que sea claro, con tipografía tamaño 14 e interlineado espaciado. Anticipar los textos que se van a trabajar en clase, para permitir una lectura previa”.

Los especialistas resaltan que no debe verse estas adaptaciones como una “ventaja” para estos alumnos, sino como una manera de brindarles las mismas oportunidades. También destacan que lo importante es enfocarse en las habilidades de los chicos, y no solamente en lo que no pueden hacer. “Me costó que las maestras entendieran que no estaban haciendo trampa, sino que las adaptaciones que les pedíamos –como adelantar los textos o permitir el uso de la calculadora– eran imprescindibles”, admite Verónica. Abichacra va más allá: “Prohibirle la calculadora a un chico disléxico es como sacarle el audífono a un alumno hipoacúsico”.

Según cuentan las mamás, el trabajo conjunto entre la familia, la escuela y la psicopedagoga resulta crucial para que los chicos salgan adelante. “Tuvimos el apoyo del colegio en todo momento. Ellos fueron aprendiendo sobre el tema junto con nosotros”, relata Mónica. En definitiva –aseguran los entrevistados–, hacer estas adaptaciones implica para los docentes menos trabajo que tener que lidiar con las dificultades de los chicos sin saber cómo encararlas.

Rufina Pearson añade que las adaptaciones metodológicas “en países desarrollados como Norteamérica, Inglaterra o Italia ya se aplican de manera directa si el chico cuenta con un diagnóstico”. En Argentina, por ejemplo, los exámenes del bachillerato internacional (IB), que se toman en varias escuelas bilingües, no les corrigen la ortografía a los chicos disléxicos. También hay algunas universidades, como el ITBA y la Universidad Di Tella, que están empezando a incorporar algunas de estas medidas. 

Las fuentes coinciden en que las dificultades planteadas por la dislexia se solucionarían más fácilmente con un mayor conocimiento de parte de las escuelas. En este sentido, señalan que sería fundamental que el resto de las jurisdicciones del país elaboraran normativas similares a la que se presentó en territorio bonaerense. Dentro del aula los maestros tienen un rol clave: si detectan a tiempo el problema, pueden evitarles a los chicos varios años de tratamientos desacertados.

Abichacra sostiene: “Si bien el diagnóstico solo lo puede hacer la psicopedagoga o la fonoaudióloga, es importante que los maestros conozcan la dislexia. Es el trastorno de aprendizaje más frecuente: no puede ser que los colegios no sepan nada del tema”. La detección temprana, desde el jardín de infantes, es fundamental para que los chicos tengan otras herramientas a la hora de aprender a leer y escribir: cuando el diagnóstico llega más tarde, el tratamiento es más difícil porque exige “desaprender” la lectura y la escritura tal como las enseñó la escuela. 

"Hay psicólogos que dicen que hablar de dislexia es etiquetar a los chicos. Preguntale a cualquiera si prefiere que lo etiqueten de 'vago' o de 'disléxico'. El diagnóstico es una herramienta fundamental para encarar el problema", subraya Abichacra. "Algunos dicen que se está 'patologizando' a la infancia. Pero nosotros justamente lo que queremos es evitar la patología. Hay psicólogos que hablan sin ningún rigor: dicen que los chicos omiten letras porque ‘hay un secreto familiar’, o que escriben las letras separadas ‘porque los padres se están separando’. Este no es un problema emocional, es un problema de aprendizaje".

 

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CONSEJOS PARA PADRES

• Tener un hijo con dislexia requiere de una familia muy presente y con mucha paciencia.

• Lo ideal es poder tomarse el tiempo para acompañar a los chicos cuando hacen la tarea, leerles en voz alta y ayudarlos a estudiar.

• Es clave darles confianza, felicitarlos cuando algo les sale bien, resaltar aquello en lo que se destacan. En cuanto los chicos recuperan la confianza en sí mismos, cambian y logran salir adelante. 

• Si están flojos en una materia, muchas veces lo mejor es no sumar tarea extra, sino todo lo contrario, para no agobiarlos.

• Acompañar a los docentes, apoyarlos y explicarles el problema con la ayuda de la psicopedagoga.

 

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ESTRATEGIAS PARA LOS DOCENTES

• Reforzar las pruebas escritas con una evaluación oral, para darles a estos chicos la oportunidad de rendir según su capacidad y no según su habilidad lectoescritora. 

Darles más tiempo en las evaluaciones o menor cantidad de ejercicios; otra opción es dividir las pruebas en partes. 

• Evitar penalizar los errores de ortografía

• Brindar material escrito que sea claro, con tipografía tamaño 14 e interlineado espaciado

• Anticipar los textos que se van a trabajar en clase, para que puedan hacer una lectura previa.

• Permitirles contar con una calculadora o la grilla de tablas: les cuesta aprenderlas de memoria.

 

www.clarin.com  19/09/13

 

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