Asesoramiento y acompañamiento en la crianza y educación de los hijos.

Se brinda asesoramiento a los padres basadas en la crianza con apego y en la disciplina positiva.

Se asesora sobre los primeros aprendizajes otorgando una serie de pautas e informaciones respecto a los aspectos evolutivos, madurativos, sociales y espirituales que favorezcan el vínculo familiar y el desarrollo integral de los hijos.

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Abordaje psicopedagógico integral del niño y su familia.

Se acompaña al niño desde el sufrimiento por sus dificultades de aprendizaje y se aborda la situación desde un enfoque holístico que tiene en cuenta su ser, su sentir y su hacer. Se trabaja desde el afecto y el vínculo con la familia y su vivencia en su trayectoria escolar.

La metodología de trabajo consiste en entrevistas con el niño, la familia y el niño junto a su familia.

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Asesoramiento,formación e información sobre pedagogías alternativas.

Se brinda asesoramiento, información y formación  acerca de las pedagogías alternativas.

Se brinda orientación y acompañamiento respecto a actividades que respeten el interés y el propio ritmo de aprendizaje de los niños basadas en las distintas propuestas que ofrecen las pedagogías alternativas.

El asesoramiento se brinda a familias y/o a grupos o instituciones...

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Tenemos la gran oportunidad de cambiar la educación criando niños felices aprendiendo con alegría, entusiasmo y amor.

Búsqueda de libertad. Aquellos chicos que te abrazan y repiten “te quiero” se convierten en personajes que todo lo critican. Según la autora, a menudo se genera un clima familiar espinoso del que sólo se sale con sabiduría, afecto, reglas claras y mucha paciencia.

•Yo fui madre en mi cabeza mucho tiempo antes de ser madre en la vida real. El deseo del hijo me acompañó desde siempre y milagrosamente todo fue llegando en el orden soñado. La carrera primero –periodismo que se convirtió en literatura–, un marido después, el primogénito, ahora de casi dieciséis, el benjamín que ya tiene trece y medio. Tenía treinta cuando parí al primero y dos años y medio después, ya en otro siglo, nació el segundo. Dos manos, dos hijos, con esa consigna cerré mi ciclo reproductivo y me sentí plena de toda plenitud.

•Fui –soy– madre a tiempo completo. Desde siempre trabajé en mi casa así que no hice otra cosa que estar y mi discapacidad auditiva me obligó a tener a los chicos siempre a la vista. Ellos crecieron sanos, felices, inteligentes, con gran carácter y tan distintos como pueden serlo dos hermanos que no se cayeron muy bien de entrada. No importaba. Lo podía manejar.

•Para eso era Madre.

•Como todos los chicos, durante la infancia a veces me amaban, a veces se enojaban y me decían mala . A mí me pasaba algo parecido, los amaba siempre aunque me sentía superada gran parte del tiempo y eso me hacía decir, a veces, cosas que no sentía. Pero lo cierto era que estaba ahí para escucharlos, contenerlos, poner los límites. Algunos familiares me miraban hacer y sentenciaban el lugar común: esperá que crezcan ... Chicos chicos, problemas chicos. Chicos grandes, problemas grandes , como si la angustia de un niño de cinco años porque no lo dejás hacer algo, por ejemplo, no fuera tan importante para ese pibe como la angustia del de quince por algún tema de amor o cinco aplazos seguidos. De todos modos, ese esperá que crezcan ... no lo entendía como tragedia sino como deseo. La adolescencia me resulta una edad apasionante. Escribo cuentos y novelas para esa edad. Y si bien mi propia adolescencia fue una porquería fenomenal, de ese tiempo oscuro de mi vida surgió quien soy ahora. Pues bien. Habiendo vivido aquello, me sentía lista para compartir la era difícil de estos dos niños míos y salir indemne. Estaba equivocada.

•Tendría que haberme dado cuenta de que algo no funcionaba como en mi imaginación cuando aparecieron las primeras señales, alrededor de los once de cada uno. Preadolescencia, le dicen. Ese mala tan simpático de la infancia, se convirtió de pronto en un no te banco más fulminante, duro, sin vueltas que en alguna ocasión de pelea se convertía en una frase espantosa pero de moda entre los más jóvenes: Te odddio . Fontanarrosa lo cuenta magistralmente en su relato Cambios en tu hijo adolescente y no voy a repetirlo acá, pero digamos que cuando esos pibes que antes se desarmaban de amor en mis brazos comenzaron a mirarme como si quisieran acabar conmigo, fue porque algo en ellos estaba mutando. ¡Y no era mi culpa!

•¿Y por qué me querrían ver lejos o no verme más? Sencillo: porque no podían –pueden– hacer siempre lo que querían –quieren– y, cuando intentaban hacerlo, pasaban cosas. Un simple tema de tratar de doblar el límite hasta romperlo.

•No importaba. Yo podía –pensaba– con esa pasión negativa. Mantuve siempre mi compostura y mi amor total, mi comprensión y paciencia, y enfrenté cada tormenta con la intención de mantener el barco a salvo. Pero las olas comenzaron a pasarme por encima.

•Ahora que lo escribo y lo veo un poco desde afuera, me doy cuenta de cómo funciona este tire y afloje que es la adolescencia.

•Ellos piden libertades, una ofrece una par de opciones, ellos quieren más y si no reciben lo que quieren, atacan. Una no tolera los ataques, que duelen, y se pregunta si debe seguir cediendo. Ellos parecen oler esa indecisión y aprietan más fuerte. Amenazan con quitarte lo único que pueden darte: el amor que te tienen, y vos les decís que no importa si no te aman, que mantendrás las reglas y hay que cumplirlas. Pero te estás mintiendo, y ellos lo saben.

•Por ejemplo, sabés que tu visita a la escuela esa vez, para hablar con un profesor con el que uno de los tuyos tenía problemas, resultó para mejor. Que después el chico y el docente hicieron las paces, pero nunca vas a olvidar lo que sentiste cuando el hijo te anunció que le habías arruinado la vida por el simple hecho de meterte donde él no quería. Y sabés que tenés el derecho y la obligación, y también las ganas, claro, de iniciar conversación con sus amigos, de conocerlos, aunque te marquen la cancha y te digan que tu presencia en tu propia casa les causa una vergüenza difícil de superar. No importa.

•Trato de entender. ¿Qué otra cosa puedo hacer? También pasé por el proceso de no soportar a mi madre durante mi adolescencia, también pasé mis vergüenzas. Pero entonces yo era la hija ... las cosas se ven tan distintas de un lado y del otro ... Me digo que es así, es el proceso natural, biológico si se quiere, y no vale la pena calentarse por eso. Y no me caliento. Simplemente caigo en una angustia existencial, en una ansiedad a prueba de psicofármacos, en una preocupación constante que no sé si alguna vez lograré sacarme de encima.

•Porque de pronto y por obra y gracia de estos jóvenes que engendré, dejé de saber algo sobre la vida y pasé a ser pesada, insoportable, metida, hincha pelotas y tantas cosas más que ya ni recuerdo. Apenas una empleada doméstica todo terreno con manejo de cuentas. Las largas charlas y las enseñanzas que tenía preparadas para compartir con ellos nunca llegaron, y casi me dio un ataque de pánico cuando me di cuenta de que saldrían al mundo sin que hubiéramos podido hablar sobre drogas, alcohol, sexo, amor.

•Me había guardado esos temas para cuando tuvieran la edad de entender, pero cuando la edad llegó yo ya era un estorbo. Y había algo más. Ellos no me oían, pero tampoco yo los escuchaba (y esta vez mi hipoacusia no tenía nada que ver). Simplemente dejaron de hablarme, de contarme el día a día, las cosas importantes. Su vocabulario se empobreció hasta el manejo de algunos monosílabos y poco más: sí, no, nada, andate, dejame, vení . Por las redes (de las que me bloquearon hace poco) me mantuve parcialmente informada sobre sus vidas, y llegué al colmo de pedir a algunas de sus amigas (es más fácil hablar con las chicas) que me contaran qué había pasado en un campamento o cómo eran mis hijos, esos nuevos desconocidos, cuando andaban fuera de casa.

•Durante un tiempo me autoengañé creyendo que el padre y yo seguíamos teniendo el control, pero cuando el mayor abandonó los signos de pregunta en su vocabulario y los ¿puedo hacer?

•, pasaron a ser voy a hacer ; los ¿me dejás ir?

•, se convirtieron en voy a ; y los ¿me podés dar?

•, fueron dame a secas, supe que si seguíamos por ese camino perderíamos todas las batallas.

•Otra vez ... ¿qué hacer? Los castigos como dejarlo sin TV o sin PC ya no servían. Yo apagaba la TV, uno se levantaba y la encendía. Yo la volvía a apagar, uno la volvía a encender. Podíamos seguir así hasta las piñas (pero el mayor está alto y fibroso y el menor tiene más fuerza de la que aparenta). Alguna vez llegué al extremo de cortar la luz de todo el departamento, pero aquello atentaba contra mi propio trabajo. No duró. Tampoco servía ahora el sencillo no salís ni contar hasta tres (que me ayudó tanto durante su infancia) ni la conversación comprensiva. El padre y yo considerábamos que aún no habíamos terminado de guiarlos ni de mostrarles los límites, pero los chicos se consideraban ya criados. ¿Cómo lograr un equilibrio que contentara a todos y no creara tanta situación de gritos, algunos insultos, un control remoto volador?

•A mí me crecía la angustia por todos lados. Dejé de dormir, mi cabeza no paraba, mi cuerpo se inventaba gastritis al por mayor. A medida que la adolescencia de ellos se hacía más adolescente, mis temores aumentaban. Por fin entendí eso del “miedo a los hijos”.

•Miedo a no estar criándolos bien, miedo a perder el control (el propio y ellos el de ellos), miedo a que no sean felices, miedo a que se equivoquen de manera irremediable, miedo a que no me quieran. Y el miedo monstruo: a que no me necesiten más. Miedo a no poder ser su mamá simplemente porque no me dejan ser mamá (si lo que digo no importa, si lo que ordeno no se cumple, ¿cuál es mi papel?).

•Miedo a no ser ya mamá de nadie.

•Entonces hice un parate. Pedí ayuda para mí. Me puse a estudiar, aunque hay tantos libros para padres y tan pocos sobre padres ... Hablé con otras mamás de adolescentes, y día y noche con el padre. Trabajé conmigo para aceptar el dolor de saber que esos niños estaban dejando de ser niños y buscamos otro camino que sirviera a esta familia, así de sencillo. Basta de castigos, basta de prohibiciones que solo valen para hacer más deseable lo prohibido. Causa y consecuencia. Todo se conversa, se muestran las opciones y las posibilidades. ¿No querés estudiar? Muy bien, este es el panorama de lo que puede pasar. Es tu decisión.

•Nosotros estamos a mano para lo que necesites, solo tenés que llamarnos.

•¿Querés salir a tal lugar a pesar de que te lo prohibimos? Ok. La puerta de casa va a estar abierta. Pero habrá consecuencias. Es tu decisión. ¿Vas a seguir insistiendo con eso que no te vamos a dar o comprar? Que te diviertas. Yo voy a cerrar la puerta de mi cuarto y seguí con tu berrinche del otro lado. Sos libre de hacerlo.

•Y así vamos probando, equivocándonos, volviendo atrás, confiando. Por ahora, la cosa no parece ponerse más fácil, y a veces me pregunto si el problema son ellos o soy yo, y entonces salgo en busca de aceptación para mí misma: ¿lo estoy haciendo bien? ¿Es el camino correcto?

•¿Estuve bien en decir tal o cual cosa? Una nueva terapeuta, algunas amigas y mi sentido común me contienen.

•En ese lugar sigo ahora, hoy. Las angustias van y vienen. Hay días fantásticos y días infernales. Un día recibo abrazos espontáneos y siento que toco el cielo con las manos. Otro les complico la vida para siempre y me hundo en una angustia sin fin. Y la única seguridad que tengo, lo único que sé, es que de todos modos yo siempre voy a estar al lado de ellos, pase lo que pase, digan lo que digan, hagan lo que hagan. Porque los amo infinitamente y sobre eso no hay duda posible. Hace unos días me crucé en la entrada de mi departamento con una vecina que tiene un hijo de cinco y otro más pequeño. El mayor no quería entrar y hacía gala de una rabieta aguda. Mi vecina le hablaba con el otro en brazos, yo los miraba hacer. Y entonces me escuché decir:chicos chicos, problemas chicos. Chicos grandes, problemas grandes , y me alejé pensando que yo sabía algo que ella aún no, y que era mi obligación alertarla. Me sentí mal por ser tan obvia, pero debía advertirle, ¿o no?

•Verónica Sukaczer. PERIODISTA Y ESCRITORA. ENTRE SUS LIBROS FIGURAN “La Ultima Palabra” Y “Lindo Dia Para Volar”

www.clarin.com  16/08/14

 

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